
Decía San Agustín, que antes de que los edificios puedan elevarse deben de humillarse. Y es cierto, cuanto mas alto queramos construir el edificio, mas abajo deben de llegar los cimientos.
Y esta semana me ha tocado, “cimentar”. El edificio de Atupele, esta construido. Yo ya tengo 30 años, y debería estar ya mas que elevado. Sin embargo, Atupele le quedan muchas salas por abrir, muchos servicios que dar y muchas vidas que salvar, y a mí me faltan muchas cosas que aprender.
El blanquito, llega aquí, con su formación, con su “dinero” y todos les dan los mejores puestos, tienes que ir adelante en el coche, te ponen a presidir la mesa, y puedes caer fácilmente en creerte mas o mejor, y esto me pasó a mí. Llegué con la mentalidad de querer enseñar, de ayudar, y veía (sobre todo a mis compañeros de la administración) cómo un poco desastres, poco formados. Y no es que les mirase por encima del hombro, pero sí echaba un poco de menos los compañeros con los que trabajaba en España: mas profesionales, mas formados. En resumen: mejores. Y esta semana, aprendí que al menos yo, no lo soy.
El
lunes fuimos a Mzuzu a primera hora de la mañana (salimos 5:30, al amanecer). Llegamos y fuimos directos al banco a sacar el dinero para pagar las nóminas, 960 billetes. Los metí en la mochila. Después fuimos a comprar las bombillas, los cables y un regulador para una nueva instalación eléctrica provisional, que hemos hecho con unos paneles solares y unas baterías. Luego fuimos a pagar el salario a una enfermera del Hospital de San John, que estuvo sus vacaciones trabajando para nosotros. Después fuimos a la Generalete. Allí puse el dinero debajo de la cama. Dormimos allí. Las sisters, cómo siempre, me habían preparado una carne picada riquísima… y me trataron con gran cariño. Al día siguiente seguimos haciendo cosas por Mzuzu, tuve tiempo para meterme en Internet… y lo disfruté muchísimo, había muy buenas noticias. Volví a la Generalete, cogí el dinero y volvimos a Atupele.
El
miércoles al preparar los salarios me dí cuenta que faltaba dinero, daba igual que lo hubiese perdido, me lo hubiesen robado, o que se yo… pero era
MI responsabilidad. En España la cantidad que faltaba, no es muy grande, de hecho, ya lo he resuelto con un dinero que tenía para ese tipo de emergencias, y con él pudimos pagar todos los salarios. Pero aquí si es representativo, aquí son muchas ilusiones, muchas medicinas, muchos esfuerzos… que por mi despiste, o mas bien por mi orgullo, mi exceso de confianza en mí mismo se han perdido. Parece que Dios sigue queriéndome hacer pequeñito, “llevarme al desierto y allí sin mis preocupaciones, sin mi YO mismo, hablarme tranquilamente”

El
jueves estuve con un técnico que vino a hacernos la instalación de los paneles solares que nos permitirán tener electricidad provisional hasta que llegue la definitiva y así poder funcionar normalmente en pediatría, maternidad, administración…
El
viernes, tuvimos la primera reunión de la comisión de farmacia. Pusimos los precios, que se les cobrarán a los pacientes por los tratamientos (al menos los mas habituales). Se definieron uno a uno y nos llevó prácticamente todo el día. Básicamente cobraremos las medicinas mas lo que nos cuesta aproximadamente traerlas (desde Europa algunas y desde Lilongwe otras). Lo que es el personal, lo cubrirá, a partir de Julio, una asociación cristiana de servicios sanitarios de Malawi, que está a su vez subvencionada por el gobierno. El mantenimiento de las instalaciones será sufragado por una granja que estamos construyendo. De esta forma el proyecto será sostenible… aunque debemos ser prudentes, para alcanzar esto, aún quedan muchos pasos. De todas formas, mientras sigan llegando fondos desde España, iremos ampliando los servicios, contratando mas personal, mejor equipamiento, empezaremos los “proyectos paralelos”….
El
sábado, me ocurrió la anécdota que remata la semana… Decidí dar una vuelta con la bici por la tarde, sin acordarme de que hace tres meses que no hago deporte (bueno, quizá, en serio 3 años). Empecé a subir las colinas que forman la frontera con Tanzania, y a la media hora tuve que parar a descansar. Lo que para mí es un camino, para la gente, aquí, es la carretera, y nadie se para en mitad de la carretera, deja la bici y se sienta… Así que unas buenas mujeres me saludaron. Yo les respondí (ya me sé bien los saludos en Tumbuka) y empezaron a preguntarme mas cosas. Quizá, simplemente, aquí lo normal es levantarse cuando alguien te saluda. El caso es que no sabía que me estaban preguntando, y solo les decía que todo estaba bien. Luego aparecieron mas personas, y cuando me quise dar cuenta de que se habían pensado que había tenido un accidente, era demasiado tarde. Encima intenté explicarles que “chipatala (hospital)” “trabajo en el hospital”, y ellos pensaron que necesitaba que me llevasen a Atupele… de verdad que Paco Martínez Soria, no lo hubiese hecho mejor que yo.
La gente de aquí es increíble. Me dieron lo único que tenían unas mazorcas de maíz, cómo si eso pudiese solucionar cualquier accidente, pero era lo mejor que ellos creían que podían hacer por mí. Al final, simplemente, traté de desviarles la atención, saqué la cámara de fotos, y jugamos con ella, les enseñé el zoom… y nos reímos un rato. Por fin se dieron cuenta, que tanto yo, cómo la bici, estábamos bien. Eso sí, las mazorcas no las conseguí devolver, casi se ofendieron cuando lo intenté… y yo, que quería venir a ayudar a esta gente…