

A lo largo de mis treinta años, siempre he podido asistir durante toda la Semana Santa a las distintas celebraciones, oficios, Vía Crucis… Es más en los últimos años, mis Semanas Santas (10 de ellas) las pasaba ayudando a algún párroco, con Juventud Misionera, que se veía desbordado por la cantidad de feligreses que volvían de la ciudad a su pueblo a disfrutar de las vacaciones, o sino la vivía retirado en el Seminario, sólo una vez estuve en la casa de la playa con mis padres… sin embargo esta vez, he tenido que sustituir las procesiones por las estrellas de una clara noche de monte, la Comunión, tan deseada de la Pascua de Resurrección, por la luna que venía llena del Viernes, sólo mi Rosario, mi Evangelio y un pequeño libro de meditaciones, me ayudaba a evadirme, una horita cada día para vivir la Semana Santa.
La posibilidad de quedarse en el proyecto, no era mejor en ese sentido, puesto que el Párroco iría lejos, cada vez a una Iglesia diferente y por ello, incluso las monjitas se repartieron por sus diferentes conventos en los proyectos del norte del país. Por ello cuando Helea me dijo de irnos a Livinstonia, tras muchos planteamientos, finalmente dije que sí.
El lunes, fue el único día que hubo Misa normal en la parroquia, y así lo suponía, puesto que el martes, la Misa Crismal, significaría dos días de viaje para el padre.
Además hubo clínica móvil, esta vez, las madres ya estaban esperándonos, con sus niños, todas querían verse en la cámara con su hijo, estuvimos un buen rato con ellas, jugando con sus hijos, la mayoría se asustaban ¡dos asungus! (blancos), pero algunos yo nos empezaban a conocer…
El martes fue un día muy productivo, fuimos a Karonga, además de varios recados que debíamos hacer, fuimos al Hospital regional, dónde conseguimos el nuevo medicamento para la malaria, y solicitamos la licencia para poder comenzar a trabajar en el laboratorio.
El miércoles, tuvimos una interesante reunión sobre la prevención del SIDA, esta vez sólo estuvimos la dirección. El gobierno ha propuesto una serie de medidas, que han sido a su vez asumidas por la CHAM (Asociación Cristiana de Hospitales a la que pertenecemos), y fuimos analizando cada una de ellas, para ver la manera de aplicarlas en Atupele. Hablamos de formación para el personal del staff, los derechos que se aplican a los trabajadores afectados y a sus familiares, políticas para evitar que (sobre todo los hombres) oculten la enfermedad a sus parejas, incluso crear un grupo de teatro para explicar mediante “dramas” la importancia de la prevención del SIDA, apertura de una cuenta corriente para recaudar fondos…se decidió formar una comisión mixta entre dirección y staff para organizar todo esto.
El jueves tuvimos una mañana de oficina… llamó Goico, para preguntar que íbamos a hacer el fin de semana, y se apuntó junto a Juan Carlos a Livinstonia!, no habíamos llamado al resto de voluntarios, porque pensábamos que estaban demasiado lejos y que el viaje no les merecería la pena, pero habían conseguido un coche, que facilitaría las cosas.
Por la tarde fue la Misa, celebración de la Última Cena, fue precioso, cómo habían decorado toda la Iglesia, el altar, los cánticos, nuevos para mí, el lavatorio de pies, todo.
La Iglesia, es cómo un gran pabellón, no tiene capillitas, así que la reserva, simplemente se puso en la pared de enfrente al altar, los bancos no tienen respaldo, así que los feligreses, sólo tienen que sentarse en sentido contrario. Y cómo tenían adornado el monumento… una sábana cubría la pared, sobre ella un par de hojas las mas bonitas que habían encontrado, otra sabana blanca sobre una mesa, y sobre ella que estaba el Sagrario, tan pequeñito que no cabía el copón. Alrededor, la oración mas sencilla, la de esta gente, en silencio, con la luz de una vela que duró las tres primeras horas. Estaba tan seguro que Cristo, en aquel sitio, no se sentía sólo, ni siquiera la noche del huerto de los olivos, sino a gusto, consciente de ser hermano en el sufrimiento de la gente que allí le acompañaba, que convencí a Helea para que se viniera unos minutos a hacer Adoración. Luego pude confesarme con el Padre, me dijo que no me agobiase, hay que saber vivir cada momento que Dios te pone. Y esa fue toda mi Semana Santa.
El viernes, nos dedicamos a ordenar la casa, hacer las mochilas… Llamó Javier, ¡que también se apuntaba! Estaba demasiado estresado y a pesar de que iba a tardar muchísimo (al final llegó a las 5 de la mañana) le apetecía muchísimo el plan, y a nosotros vernos todos juntos y nos llevaron al cruce con la carretera, dónde cogimos un “taxi” (un coche que va a la ciudad y que a cambio de unas monedas te llevan a ti también). Comimos en Karonga, y cogimos el minibus, hizo un montón de paradas, en las que aprovechamos para comprar alguna sandía, y alguna cosilla para picar.
Cuando nos encontramos con Goico y Juan Carlos, resulta que habían cogido a un abuelillo, que les había pedido recogerles, y empezó a meter sus cosas, hasta llenar el coche con una extraña cruz pintada de rojo… pretendía llegar hasta Egipto, tuvimos que sacar todo, y seguir adelante.
Subimos el camino que llevaba al Lodge, está bastante mal debido a las lluvias, pero desde arriba, el sitio era precioso, era de noche, pero la luna, llena, se reflejaba en el lago, y el silencio era absoluto.
Coincidimos con unos ciclistas, uno era alemán, y pretendía llegar hasta Sudáfrica, con su bici y el otro suizo, había ido en avión hasta Sudáfrica, y desde allí pretendía llegar a su casa. Y habían coincidido allí, ese día, en Malawi, lo que les había servido para intercambiar experiencias, caminos.. etc.
Nos echamos al mus quién bajaba a buscar a Javier, y nos tocó a Helea y a mí. Así que entre que estábamos intranquilos (era muy de noche para ir viajando por África), y sus llamadas para ir informando, a penas dormimos.
Al bajar, nos encontramos a cuatro malawianos que nos pidieron que paráramos, no lo hicimos, y al subir, ya los tres, nos encontramos tres piedras, claramente colocadas para dificultar el paso, con alguna maniobra las conseguí esquivar, pero a pocos metros, nos encontramos un árbol, atravesando toda la carretera. En estos casos, no debes bajarte del coche, (ya lo han vivido antes otros voluntarios), pueden estar esperando que lo hagas, para evitarte la posibilidad de les atropelles, tampoco podíamos dar marcha atrás, nos encontraríamos con las rocas, que marcha atrás sería demasiado difícil pasarlas. Atravesamos el árbol, con toda la potencia del coche, pero poco después teníamos unas rocas aún mas difíciles, bordeando el precipicio, moví con la rueda la última de las rocas, con la suerte en que rodó lo suficiente, hacia el lado contrario al coche, lo que nos permitió pasar.
Al llegar, estaba amaneciendo, un espectáculo tal, que hasta Goico se había levantado a disfrutarlo. Desde el Lodge, que se encuentra en lo alto de un precipicio, se divisa un enorme valle, que termina en unas pequeñas colinas, todo ello con una alfombra verde, sólo salteada por algunos árboles cómo los baobabs. Esta alfombra verde, se funde al llegar a la orilla del lago, que parece desde allí un mar, que termina con unas nubes que no son tal, sino las montañas que son ya de Mozambique.
Sólo podíamos mirar, asombrados, sin hablar, sólo respirando esas vistas que iban cambiando según la luz del sol iba bañando y desperezando las sombras de la noche.
Nos acostamos y al día siguiente, nos dedicamos a descansar, a charlar, a conocernos, hablamos de lo que nos había traído hasta aquí, acabamos discutiendo sobre la existencia de Dios, sobre el relativismo y la verdad, y al hablar de El, pude hablar con El… fueron discursiones profundas, abiertas, de las que unen, de las que crean lazos y aportan sabiduría, de gente que busca, que lee cosas tan diferentes, pero a la vez tan humanas.
Celebramos la Pascua (al menos yo) tomando un par de copillas, de las primeras que tomo aquí.
El Domingo, día de Resurrección, necesitaba buscar algún lugar, alguna Iglesia abierta, ya me dijeron que era imposible, pero lo intenté. Al final se rajaron casi todos, era una buena caminata, de subida y con mucho calor, que se convirtió en una pequeña peregrinación. De camino un lugareño, nos enseñó unas cataratas, una de esas pequeñas cosas que siempre he querido hacer, estar en la cueva detrás de la caída del agua, unos 30 metros abajo… una pasada, seguimos adelante hacia la Misión de Livinstonia, fundada por los padres blancos, que pusieron ese nombre en honor a David Livingstone ese explorador católico, que llevó el evangelio a estos lugares poco mas de un siglo atrás, ahora sí que sí, estaba en el lugar mas “alejado” o el mas “acertado”…
Volvimos tras una caminata de 4 horas, incluyendo la visita del museo y de la única Iglesia que vi, una Baptista, en la que al menos pude rezar un par de minutos.
Comimos, tardísimo, y seguimos con nuestras charlas transcendentales, incluso alguno se puso a ligar con un par de mochileras americanas.